El
año 1916 fue el de mayor actividad por parte de los alemanes
en el empleo de gases; se hicieron cinco grandes ataques contra
los ingleses y muchos otros contra Francia y Rusia .Se caracterizaron
estos ataques por el empleo de gases más concentrados y mayores
cantidades del venenoso fosgeno ( oxicloruro de carbono). La nueva
táctica consistió en ocultar por todos los medios
posibles los preparativos previos, la utilización de nubes
de humo para desviar la atención y el lanzamiento de los
gases a intervalos variables. Esto último fue en realidad
tristemente eficaz, pues la segunda emisión, después
de la calma que seguía a la primera nube, encontraba desprevenidos
a los hombres.
En agosto de 1916 se verificó
el último ataque contra los ingleses con gases asfixiantes.
Aquí se lanzó una espesa nube de fosgeno durante el
momento de relevo y cuando era prácticamente doble el número
de hombres en las trincheras. Fue tan fuerte, que se precisaron
las máscaras contra los gases nueve millas a retaguardia
del punto donde se descargaron. El empleo se abandonó a causa
del limitado número de gases que podían ser utilizados,
y también por el reducido numero de cilindros para lanzarlos
a la vez, la dificultad de efectuar los ataques por sorpresa, debida
a los trabajos y tiempo que se precisaban en los preparativos, y,
finalmente, por los accidentes ocasionados a los mismos que los
utilizaban.
El empleo de granadas cargadas de
gas aumentó rápidamente, debido a que no hay limitaciones
en cuanto se relaciona con la cantidad de proyectiles lanzados y
gases utilizados. También con ellos es mucho más fácil
alcanzar el campo enemigo. Se tomaron cuidadosas medidas para evitar
excesivas bajas en las trincheras, donde era evidente la persistente
naturaleza de ciertos gases; se establecieron también cubiertas
protectoras, sistemas especiales de alarma, rapidez en la colocación
de las máscaras (seis segundos) y, métodos eficaces
para hacer desaparecer los gases.
Un ataque extraordinario se llevó
a efecto en Arras, por el mes de diciembre de 1916. Enormes cantidades
de granadas cayeron en los alrededores, saturando los pisos y muros
de las casas. Como era muy intenso el frío, se evaporaron
los gases lentamente. Al siguiente día, cuando aparentemente
habían desaparecido, muchos soldados se quitaron las máscaras;
pero debido a un aumento de la evaporación al subir la temperatura
atmosférica en las horas de sol, fue muy grande el número
de atacados.
La utilización de la mostaza
( sulfocianato de alilo ) para producir gases ha sido evidentemente
el más sencillo, pero también el mayor perfeccionamiento
en la preparación de estas substancias para los suministros
militares en la gran lucha, originando un cambio radical en las
deas que se tenían desde el principio, pues se creyó
que la eficacia de estos productos dependía de la mayor o
menor presión del vapor o, en otras palabras, de su mayor
tendencia a extenderse. El gas de la mostaza es realmente un líquido,
cuyo punto de ebullición es de 220 grados centígrados
y tiene una presión de vapor muy baja. Es, sin embargo, bastante
persistente, teniendo la propiedad peculiar de formar vejigas en
la piel y cuando los vapores presentan su concentración máxima,
las quemaduras requieren mucho tiempo para su curación. No
fue, a pesar de esto, el más eficaz ni mortífero de
los gases empleados en la guerra. En Nieuport se dispararon mas
de 50.000 granadas en una sola noche, inundando prácticamente
la ciudad. Se calculó que en el otoño de 1917 los
alemanes lanzaron más de un millón de granadas conteniendo
aproximadamente 2.500 toneladas de este gas Una gran parte de este
mismo año lo emplearon los aliados en estudiar varias disposiciones
destinadas para proteger a las tropas contra sus efectos, y suministrando
nuevas telas especiales, guantes botas y diferentes ungüentos.
La " lewisita " es un derivado
de¡ arsénico, otro tóxico muy enérgico
que se descubrió al estudiar el gas de la mostaza , es un
fuerte y tenaz vejigatorio, y aunque menos persistente que el gas
anterior , actúa en cantidades muy pequeñas .Se dice
que después de la guerra, tanto los alemanes como los japoneses
habían mejorado extraordinariamente esta sustancia.
Otra materia de gran valor táctico
fue la que obligaba a los atacados a estornudar , era la "
onifenolelorina ", un sólido que pulverizado en partículas
diminutas se esparcía al estallar las granadas. Sencillas
" humaradas " desde las inofensivas a las que producían
los olores más desagradables, también se emplearon
extensamente .
Se desconfiaba tanto de ellos, que obligaban a colocarse las máscaras,
y desde luego pueden ser líquidos o mezclados con substancias
tóxicas y producir unas cuantas bajas.
En el comienzo de la guerra dieron un gran resultado algunos tipos
de materias incendiarias. Los alemanes producían el líquido
inflamable en un depósito portátil dividido en dos
compartimientos uno de ellos lleno de nitrógeno comprimido
y el otro de petróleo. Pronto fue descartado este aparato,
pues su acción se reducía sólo a distancias
de 22 a 27 metros. La llama se enroscaba hacia la parte superior,
siendo posible defenderse de ella en las mismas trincheras, y como
la acción duraba aproximadamente un minuto, los lanzafuegos
quedaban a merced del enemigo.
La Ciencia, al servicio de la Guerra,
combatió también, en una encarnizada competencia,
por producir gases destructores
Para resolver los problemas que se
presentaban en todos estos casos fue necesario introducir grandes
cambios en las diversas organizaciones encargadas del suministro
militar. Los Estados Unidos se obligaron desde él principio
de la guerra a estudiar, de acuerdo con los aliados, estos delicados
asuntos; y con los datos que pudo adquirir evitó muchos errores
y fracasos durante las diferentes fases en el desenvolvimiento de
las industrias establecidas para el referido suministro , pero muy
principalmente a lo relacionado con los gases. Fueron, además,
establecidos por Francia, Inglaterra y los mismos Estados Unidos,
servicios especiales en la línea de fuego y retaguardia,
donde, as¡ como en los laboratorios , trabajaban afanosamente
químicos de todos los países, tratando de resolver
cuanto problemas se presentaban en tan complicado suministro militar
. A éstos auxiliaban también diversas otras personas,
entidades , fabricantes y muchas universidades.
Tan pronto como se sospechaba que
había sido empleado un nuevo gas por el enemigo, los centinelas
especiales que tenía este servicio recogían las granadas
sin explotar, enviándolas a las secciones correspondientes
al Cuerpo Especial de Campaña, donde se analizaba su contenido.
En seguida se comprobaba su acción con las máscaras
en uso, y en lo posible se trataba de resolver los problemas que
iban apareciendo, siempre lo más cerca del mismo campo de
batalla; pero a causa del reducido número de químicos
expertos en campaña, muchos de estos problemas tuvieron que
solucionarse dentro de cada país. Fue necesario instalar
un aparato especial para recoger el aire cargado de gases, determinando
así la cantidad de volumen en otro gas previamente preparado
en el laboratorio y de conocido grado de pureza También fue
preciso buscar nuevos métodos rápidos para analizar
la cantidad de gas contenida en determinado volumen de aire.
Ensayos, aun sobre hombres, para
combatir los efectos de los gases asfixiantes y
hallar el medio de neutralizarlos .
El llamado "tubo de ensayo"
indicaba la relativa eficacia de los diferentes absorbentes capaces
de retener los nuevos gases . Este consistía principalmente
en un tubo por donde se hacía pasar determinada cantidad
de gas, forzándole a través de un absorbente conocido
y analizando el aire a la salida, en diferentes momentos, y anotando
aquel en que se notaban los primeros indicios de que el gas había
penetrado el absorbente ensayado .También se experimentaron
con las cestillas metálicas, empleando una máquina
apropiada, y en la misma forma que los efectuados con el tubo anterior;
pero utilizando mayores cantidades de absorbente, colocado en la
canastilla, y de la misma manera que había de usarse. Para
comprobar mejor estos medios de defensa contra los nuevos gases,
se estudiaron dispositivos especiales para poder ensayar los efectos
en los hombres mismos, y el tiempo que podía utilizar la
máscara sin encontrar trazas del paso de los gases a través
de ella. Con este objeto se colocaban las mascarillas o cascos,
y los gases concentrados salían de un depósito, determinándose
el momento de penetrabilidad por los efectos irritantes causados.
Cuando había sido fijada la concentración de los gases
que podía producir efectos tóxicos, la Sanidad Militar
la comparaba con las probables concentraciones y en las condiciones
que podía calcularse aparecían en los diferentes puntos
de la línea de fuego, así como la mayor o menor eficacia
de los gases que en cada caso podían también llegar.
Si los gases eran lacrimosos o de la variedad que hacían
estornudar, se comprobaba la sensibilidad de los soldados, a quienes
también se sometía a un reconocimiento escrupuloso
y pruebas de resistencia contra los gases, retirando de los puntos
más expuestos a aquellos que por sus condiciones físicas
hubieran perecido seguramente. Se llevaron a efecto también
considerables trabajos relacionados con la acción de determinados
gases sobre la piel.
De la misma manera que el cirujano llegó a un grado de perfección
extraordinario en la curación de los soldados heridos por
los altos explosivos, así también, en esta nueva técnica,
fue posible estudiar con éxito e inventar medios de protección
para los hombres contra los gases, devolviéndoles la salud,
tan completamente como era posible, cuando habían sido atacados
por ellos.
Sería interesante dar a conocer,
aunque no sea más que muy rápidamente, los perfeccionamientos
conseguidos por la sección encargada de suministrar los productos
químicos al ejercito. En el arsenal de Edgewood, construido
en nueve meses en Maryland, donde en la época de la guerra
había más de 7.000 militares Y 3.000 paisanos empleados,
se preparó una enorme cantidad de materias tóxicas.
En total, fueron producidos más de 10 millones de kilogramos
de tóxicos, de los cuales 4.250.000 se embarcaron. Al finalizar
la guerra, los Estados Unidos tenían una capacidad productora
mayor que Inglaterra, Francia y Alemania reunidas, y en la sección
correspondiente a defensas y protecciones fabricaron unas 5.700.000
máscaras, de las cuales 4.139.000 se enviaron por mar al
frente.
Verdaderamente la guerra es una tremenda
desdicha; pero pensando que todavía y por largo tiempo será
la manera de dirimir sus diferencias los pueblos, éstos deben
estar preparados para luchar y atacar en todas formas. La preparación
es el mejor medio de prevenirse . Indudablemente los suministros
militares de productos químicos quedaron estacionados, debido
a la falta de información definida con esta relativamente
nueva rama, que, como continuamente se repite, es la más
inicua, inhumana y bárbara manera de llevar la guerra.
Las estadísticas demuestran
el error y falsedad de tales razones y relatos. Hablando en público
contra el empleo de gases en la guerra un alto oficial, describía,
lamentándose, cómo había visto recoger, en
los distritos próximos a la línea de fuego en Francia,
niños enfermos agonizando por efecto de los gases, inocentes
criaturas que nada tenían que
ver con el terrible juego de la guerra. Pero nadie se dolió
en aquella ocasión de los efectos que producían los
disparos de la artillería, ni recordó el caso de aquel
cañón de gran calibre que pudo lanzar una granada
dentro de las murallas de París, y al estallar, en Viernes
Santo, en una iglesia, mató a cientos de mujeres y niños
que rezaban arrodillados. Es espantoso pensar que en el puesto número
108 , cerca de Reims, quedaron sepultados vivos más de 10.000
hombres a causa de tres voladuras en una mina . Nadie propone ni
quiere, sin embargo, el abandono de esta aplicación de los
explosivos.
Los terribles resultados de los primeros
ataques alemanes por medio de gases fueron debidos únicamente
a la falta absoluta de medios preventivos por parte de los aliados.
Los efectos producidos por ellos son mucho menores cuando ambos
combatientes están igualmente preparados para el ataque y
defensa.
Las estadísticas de la entonces
unidad Sanidad Militar de los Estados Unidos mostraban que de los
soldados atacados por los gases perecieron sólo el 2 por
100, mientras que la mortalidad por otras causas pasó del
25 por 100. El número de incurables por haber respirado gases
tóxicos fue muy pequeño, y debe hacerse notar que
los gases se utilizaban principalmente para producir bajas temporales
en el enemigo y reducir su potencia combatiente.
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